Hace poco me refería a los diez años que cumplía mi librería de cabecera en Zaragoza. Ya entonces, y más hoy, Día Mundial de las Librerías, me acordaba de la que realmente es mí librería de referencia aunque ya no esté funcionando: Babel.
Babel era una librería que comenzó también como papelería pero que la tenacidad de sus dueñas-libreras convirtió exclusivamente en lo que fue para mi: la mejor librería de Vigo. Corría la segunda mitad de los años 80 y yo empecé a visitarla porque estaba en la misma calle en que vivía. Tenía un buen escaparate donde se exponian las novedades (siempre con preferencia por los libros de idiomas, la especialidad de la Casa) pero lo mejor era cuando entrabas. Yo no estaba acostumbrado a deambular por una librería. En las de Calatayud había un mostrador y tenías que pedir lo que querías. Cuando había confianza te dejaban pasar detrás del mostrador y ver las estanterías, pero ocurría poco. En la época de estudios en Zaragoza los libros que leía eran los de texto y el dinero para los otros, escaso. Al llegar el trabajo y la independencia económica llego el momento de poder gastar en libros por el mero placer de leerlos.
Como decía, en Babel podías deambular, hojear, leer, pero lo mejor es que había dos personas con las que podías comentar, que te orientaban, que te aconsejaban. Eso que llamamos librero, que no es un mero expendedor de libros, sino alguien que le gusta su oficio, que disfruta haciendo de intermediario entre el autor y el lector. Que, como los médicos de toda la vida, conoce a sus pacientes y sabe que medicina le va a ir mejor, que libro le curará del aburrimiento, la tristeza o la melancolía, o se los aumentará si no acierta. Por que ser librero no es una ciencia exacta y a veces te equivocas. En la próxima visita el paciente te cuenta los efectos secundarios de tu recomendación y cambias el tratamiento. Todo eso lo aprendí en los años que fui primero cliente y luego amigo de Babel. En ese pequeño sofacito que tenían pasé muchos ratos para curar esos males que acechaban: el aburrimiento, la tristeza y la melancolía. Y las libreras de Babel no sólo me curaron con libros, pusieron también su amistad y su cariño en el tratamiento y claro ¿quien no se cura así?. Un día Babel cerró, cosas de la vida y de los tiempos que corren. Un trocito de mi vida, un trocito muy querido, también se cerró.
En este día ,y en muchos días, y siempre, me acuerdo de Babel y de Cris y Margot.
Feliz día, Babel.
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