jueves, 27 de noviembre de 2014

Un bilbilitano en Sajonia

Un teatro que juega en 1ª división y que no conocía era, es, la Semperoper de Dresde. Lugar de muchos estrenos operísticos este mes de noviembre prestaba una especial atención al 150 aniversario del nacimiento de Richard Strauss, uno de mis compositores favoritos. Se programaban varias óperas del muniqués pero a mi me interesaron dos: Una Arabella que en un principio cantaría Fleming (luego sustituida por Harteros -que barbaridad de la buena-) y un Capriccio también cantado por la norteamericana, ambas dirigidas por Thielemann. Arabella la habíamos visto en Viena y si elegía Capriccio mataba tres pájaros de un tiro: veía esa ópera  por primera vez, a Fleming cantar ópera por primera vez y dirigir a Thielemann por primera vez. Engatusé (sin muchos esfuerzos la verdad, es un chico fácil para estos menesteres) a mi amigo Manuel y además de Capriccio añadimos al paquete la Daphne que se hacía el día anterior que tampoco habíamos oído nunca en directo, aunque el reparto era mucho menos espectacular.

Decir que Dresde es una bombonera es una obviedad para quien la conoce. Por Facebook anda un extracto de las muchas fotos que sacamos. La parte histórica reconstruida es pequeña pero preciosa y si no vas de museos en una mañana la puedes patear sin dificultad. El museo de maestros antiguos merece una visita ya que cuenta con varios cuadros excepcionales, entre ellos la Madona Sixtina de Rafael y "la joven leyendo una carta" de Vermeer. Maravillosas ambas. Si encima te compras en un stollen (pastel navideño tradicional y originario de  esta ciudad) asesorada por tu pope alemana de cabecera ya la mañana puede ser no redonda, perfecta.

De Daphne pocas cosas voy a contar. En una plaza de esta categoría nunca sueles ver desastres vocales aunque la puesta en escena no te convenza. Fue una velada correcta donde pudimos añadir una más a la lista de óperas staussianas vistas.

Y llegó Capriccio, y llegó Fleming y, sobre todo, llegó Thielemann. No sé como otro director se atreve a dirigir Strauss un día antes que lo haga el berlinés. Omer Meir Wellber el día anterior no lo hizo mal. Quizá poco hilvanado, pasado algo de decibelios en algunos momentos, pero muy correcto. Pero claro, luego oyes a Thielemann y llega la excelencia. No sé que palabras usar: ¿elegancia? ¿maestría? ¿señorío? ¿belleza? Sólo diré que en grabación o en directo no he oído un Strauss parecido desde el Caballero de la Rosa de Kleiber en Munich. Era Strauss en estado puro. Ese Strauss que algunos pueden considerar decadente pero yo veo como maduro, reflexivo, pasota en el sentido de estar de vuelta de muchas cosas, de muchas modas, de muchos ismos. El Strauss que se sabe el rey de ese lenguaje tan especial que envuelve la mayoría de sus obras desde Rosenkavalier. Y Thielemann fue su sumo sacerdote, su chamán. Que respeto por la partitura, que mimo con los cantantes, que engarce de toda la orfebrería de una ópera que, seamos sinceros, tampoco es el no va más. Pero él la vendió como la Joya de la Corona. Pero claro, tenía una aliada, como decía el gran forero Sharpless, recién venida de su ático de la 5ª Avenida, Reneé Fleming. No es secreto que adoro a Fleming. Sé que a veces raya lo cursi, pero es un cursi con tanta clase, con tanto talento, con tanta conciencia que es cursi que me enamora. Y estuvo espectacular como Condesa. Iba preparado para alguna tirantez, para alguna nota ya más metálica, para, seamos sinceros, que se le notaran los años. Pues nada, no pude sacarle peros para que mi rendición no fuera tan evidente. Estuvo maravillosa, siempre metida en el papel, siempre pendiente de todo, siempre actuando aunque no cantara, siendo la Condesa en todo momento, abriera la boca o no.

Salimos traspuestos, maravillados y felices. Una vez más se hizo el milagro. Yo pocas veces salgo de un teatro diciendo que mal estuvo, la mayoría de las veces salgo contento. Pero muy pocas salgo extasiado. Son mis tres estrellas michelín de la ópera y darán para otra entrada de este fascinante blog que causa sensación en los cuatro continentes en los que es leído.

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