Siempre me ha interesado el coleccionismo de arte privado. Los grandes museos se formaron con las colecciones privadas de los reyes europeos que luego pasaron a ser de dominio público. Todo museo surge, casi siempre, de una pasión personal. También hay grandes familias nobles que conservan grandes colecciones heredadas de sus antepasados. Pero me refiero aquí a ese grupo de personas, de magnates si se quiere, que a finales del s. XIX comenzó a reunir en sus mansiones obras de arte. Muchas veces por placer, otras, seguramente, por ostentanción y como signo de poder, pero pienso que los menos. Para crear una colección de arte te tiene que gustar el arte. Los libros que he podido leer sobre el tema coinciden que siempre hay una pasión detrás de cada colección. Está claro que luego, en el caso de las grandes colecciones (la Thyssen, por ejemplo) ya se mezclan las pasiones de varias generaciones. En el caso de la Frick de N. York es la pasión de una sola persona, el rey del acero de principios de siglo. La colección "pequeña" más maravillosa que he visto. El arte da prestigio y pátina culta que no te viene por herencia o apellido y por eso los grandes coleccionistas suelen ser americanos. Pero también hay europeos y algún español.
Es el caso de la colección Abelló que ahora se expone en el CentroCentro de Madrid y que he visitado hace pocos días. Me ha gustado. Ni es la Thyssen ni la Frick. Tampoco Juan Abelló, aunque esté en la lista Forbes de los millonarios españoles, tiene, o eso creo, la misma fortuna. Pero admiro tres cosas en él (y su mujer que también debe tener mucho que ver en la elección de obras): el tipo de obras adquiridas (luego lo explicaré), el crear una colección sin que el Estado apoye este tipo de actividad con una ley de mecenazgo y el deseo de compartir con el público. Porque estoy seguro que otros adinerados patrios tienen buenos cuadros en sus casas o palacios y ahí se quedan. No creo que los Abelló lo hagan por ostentación o por reconocimiento. Sí, seguramente, con una intención de pasar a la Historia, o por lo menos, a la mini Historia del coleccionismo español junto a Lázaro Galdiano, Cerralbo, los Maseveu, y poco más. Y esto me gusta. A ver si de aquí surge un museo en el futuro.
Y me gusta la colección, además de por buenas obras de artistas consagrados (y con una horquilla temporal muy amplia), por la selección de dibujos y cuadros de naturalezas muertas y flores. El dibujo creo que es un arte poco apreciado y hay dibujos espléndidos, comparables a un buen óleo. Siempre me ha parecido mágico que, con varios trazos, pocos,se pueda crear una figura, una sombra, un pliegue. La colección tiene muy buenos exponentes del arte de dibujar. Y unos excelentes bodegones, esa temática que está un poco olvidada pero que cuando es de calidad es de una belleza asombrosa, por lo menos para mi. Como los cuadros florales, también obras poco apreciadas pero que a mi siempre me han transmitido tranquilidad y sosiego.
En resumen una colección para ver y apreciar. Ah, y los sueños del título. He soñado esta noche (y de ahí viene la entrada) que estaba viendo la exposición pero no era la de Juan Abelló, si no la de un tal Arturo Fernández. Y el día que yo la visitaba había una concentración, patrocinada por la organización, donde se había invitado a varios Arturos Fernández del mundo para pasearlos por las salas y darles un trato vip. Y allí, junto a Arturos corrientes y molientes, estaba el actor, todo vestido de blanco (que exagerado va este carcamal pepero he pensado yo, pero que alto, mucho más que en la tele) y el Arturo empresario, ese que glorifica todo lo que hace. Yo los miraba con envidia, lo confieso. Yo también quería ser Arturo Fernández, y Elvira Daponte, que andaba por allí, en un momento me ha pasado uno de esos papeles con recado que nos dábamos en clase del instituto antes que existiera el whasap. En él estaba dibujado un Romerales de los de Forges disfrazado de monja que en mi sueño, y por el guiño de Elvira tenía que ser así, era el disfraz perfecto para pasar por ser un Arturo Fernández y poder así yo recibir también el trato vip. Las urgencias de la edad me han hecho buscar los aseos de la sala de exposiciones y, una vez despierto, menos mal, el mio pesonal. Fin de la historia.
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