viernes, 28 de noviembre de 2014

El día de Babel

Hace poco me refería a los diez años que cumplía mi librería de cabecera en Zaragoza. Ya entonces, y más hoy, Día Mundial de las Librerías, me acordaba de la que realmente es mí librería de referencia aunque ya no esté funcionando: Babel. 

Babel era una librería que comenzó también como papelería pero que la tenacidad de sus dueñas-libreras convirtió exclusivamente en lo que fue para mi: la mejor librería de Vigo. Corría la segunda mitad de los años 80 y yo empecé a visitarla porque estaba en la misma calle en que vivía. Tenía un buen escaparate donde se exponian las  novedades (siempre con preferencia por los libros de idiomas, la especialidad de la Casa) pero lo mejor era cuando entrabas. Yo no estaba acostumbrado a deambular por una librería. En las de Calatayud había un mostrador y tenías que pedir lo que querías. Cuando había confianza te dejaban pasar detrás del mostrador y ver las estanterías, pero ocurría poco. En la época de estudios en Zaragoza los libros que leía eran los de texto y el dinero para los otros, escaso. Al llegar el trabajo y  la independencia económica llego el momento de poder gastar en libros por el mero placer de leerlos. 

Como decía, en Babel podías deambular, hojear, leer, pero lo mejor es que había dos personas con las que podías comentar, que te orientaban, que te aconsejaban. Eso que llamamos librero, que no es un mero expendedor de libros, sino alguien que le gusta su oficio, que disfruta haciendo de intermediario entre el autor y el lector. Que, como los médicos de toda la vida, conoce a sus pacientes y sabe que medicina le va a ir mejor, que libro le curará del aburrimiento, la tristeza o la melancolía, o se los aumentará si no acierta. Por que ser librero no es una ciencia exacta y a veces te equivocas. En la próxima visita el paciente te cuenta los efectos secundarios de tu recomendación y cambias el tratamiento. Todo eso lo aprendí en los años que fui primero cliente y luego amigo de Babel. En ese pequeño sofacito que tenían pasé muchos ratos para curar esos males que acechaban: el aburrimiento, la tristeza y la melancolía. Y las libreras de Babel no sólo me curaron con libros, pusieron también su amistad y su cariño en el tratamiento y claro ¿quien no se cura así?. Un día Babel cerró, cosas de la vida y de los tiempos que corren. Un trocito de mi vida, un trocito muy querido, también se cerró. 

En este día ,y en muchos días, y siempre, me acuerdo de Babel y de Cris y Margot.

 Feliz día, Babel.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Un bilbilitano en Sajonia

Un teatro que juega en 1ª división y que no conocía era, es, la Semperoper de Dresde. Lugar de muchos estrenos operísticos este mes de noviembre prestaba una especial atención al 150 aniversario del nacimiento de Richard Strauss, uno de mis compositores favoritos. Se programaban varias óperas del muniqués pero a mi me interesaron dos: Una Arabella que en un principio cantaría Fleming (luego sustituida por Harteros -que barbaridad de la buena-) y un Capriccio también cantado por la norteamericana, ambas dirigidas por Thielemann. Arabella la habíamos visto en Viena y si elegía Capriccio mataba tres pájaros de un tiro: veía esa ópera  por primera vez, a Fleming cantar ópera por primera vez y dirigir a Thielemann por primera vez. Engatusé (sin muchos esfuerzos la verdad, es un chico fácil para estos menesteres) a mi amigo Manuel y además de Capriccio añadimos al paquete la Daphne que se hacía el día anterior que tampoco habíamos oído nunca en directo, aunque el reparto era mucho menos espectacular.

Decir que Dresde es una bombonera es una obviedad para quien la conoce. Por Facebook anda un extracto de las muchas fotos que sacamos. La parte histórica reconstruida es pequeña pero preciosa y si no vas de museos en una mañana la puedes patear sin dificultad. El museo de maestros antiguos merece una visita ya que cuenta con varios cuadros excepcionales, entre ellos la Madona Sixtina de Rafael y "la joven leyendo una carta" de Vermeer. Maravillosas ambas. Si encima te compras en un stollen (pastel navideño tradicional y originario de  esta ciudad) asesorada por tu pope alemana de cabecera ya la mañana puede ser no redonda, perfecta.

De Daphne pocas cosas voy a contar. En una plaza de esta categoría nunca sueles ver desastres vocales aunque la puesta en escena no te convenza. Fue una velada correcta donde pudimos añadir una más a la lista de óperas staussianas vistas.

Y llegó Capriccio, y llegó Fleming y, sobre todo, llegó Thielemann. No sé como otro director se atreve a dirigir Strauss un día antes que lo haga el berlinés. Omer Meir Wellber el día anterior no lo hizo mal. Quizá poco hilvanado, pasado algo de decibelios en algunos momentos, pero muy correcto. Pero claro, luego oyes a Thielemann y llega la excelencia. No sé que palabras usar: ¿elegancia? ¿maestría? ¿señorío? ¿belleza? Sólo diré que en grabación o en directo no he oído un Strauss parecido desde el Caballero de la Rosa de Kleiber en Munich. Era Strauss en estado puro. Ese Strauss que algunos pueden considerar decadente pero yo veo como maduro, reflexivo, pasota en el sentido de estar de vuelta de muchas cosas, de muchas modas, de muchos ismos. El Strauss que se sabe el rey de ese lenguaje tan especial que envuelve la mayoría de sus obras desde Rosenkavalier. Y Thielemann fue su sumo sacerdote, su chamán. Que respeto por la partitura, que mimo con los cantantes, que engarce de toda la orfebrería de una ópera que, seamos sinceros, tampoco es el no va más. Pero él la vendió como la Joya de la Corona. Pero claro, tenía una aliada, como decía el gran forero Sharpless, recién venida de su ático de la 5ª Avenida, Reneé Fleming. No es secreto que adoro a Fleming. Sé que a veces raya lo cursi, pero es un cursi con tanta clase, con tanto talento, con tanta conciencia que es cursi que me enamora. Y estuvo espectacular como Condesa. Iba preparado para alguna tirantez, para alguna nota ya más metálica, para, seamos sinceros, que se le notaran los años. Pues nada, no pude sacarle peros para que mi rendición no fuera tan evidente. Estuvo maravillosa, siempre metida en el papel, siempre pendiente de todo, siempre actuando aunque no cantara, siendo la Condesa en todo momento, abriera la boca o no.

Salimos traspuestos, maravillados y felices. Una vez más se hizo el milagro. Yo pocas veces salgo de un teatro diciendo que mal estuvo, la mayoría de las veces salgo contento. Pero muy pocas salgo extasiado. Son mis tres estrellas michelín de la ópera y darán para otra entrada de este fascinante blog que causa sensación en los cuatro continentes en los que es leído.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Momentos con estrella II

Los primeros momentos especiales compartidos por el que suscribe y su marido en un restaurante tienen tres hitos. Dos de ellos tienen como escenario Santiago y Huesca y el tercero, y más espectacular, San Pol de Mar. 

Siempre nos ha gustado ir a Santiago simplemente por callejear, ver una exposición, comer... Cuando yo vivía en Vigo y Jesús venía nos solíamos acercar un día a disfrutar de la ciudad. Allí estaba estudiando un amigo que un día, al ir hacia su casa por la calle Huertas nos indicó un restaurante nuevo que tenía muy buenas críticas (el trabajaba entonces en la edición gallega de El Mundo como crítico de clásica y tenía buena información). El pero que le ponía la gente era que tenía un menú cerrado, que variaba diariamente, aunque se había eliminado la carta. Decidimos entrar y preguntar si había sitio para comer (o cenar, ya no recuerdo) y nos quedamos para probarlo. Fue nuestro primer contacto con Casa Marcelo. Marcelo Tejedor, dejando de lado un genio y unas maneras con su personal (y en su vida privada) que eran más que cuestionables, era, es, porque sigue trabajando en la hostelería pero con otro modelo de local, un cocinero excepcional. Eso si que era amor al producto, Km. 0 y mimo con la tradición. Excepcionales sus mariscos poco conocidos, sus pescados, su carne de vaca galega y su milhojas impagable. Siempre nos trato estupendamente y siempre intentábamos ir por lo menos una vez o dos al año hasta que cerró.

Huesca es la capital gastronómica de Aragón. Una ciudad de 30.000 habitantes tiene, a día de hoy, tres restaurantes con estrella, mientras que la capital, con más de 700.000 tiene uno y gracias. Lilas Pastia fue (y digo fue porque la última vez no nos gustó mucho como nos trataron y ya no hemos vuelto) nuestra referencia gastronómica en Aragón (junto a La Granada, de los mismos dueños, que está en Zgz pero no es estrellado). Allí fue nuestro primer contacto con la trufa, a la que Carmelo Bosque, el chef, tiene verdadera veneración. Recuerdo un año que en una subasta del preciado tubérculo había comprado una por 4.500€  ( la más cara del mundo decía el Periódico de Aragón en el enlace que he consultado del año 2005). Fue una maravilla ver como caían unas lascas de ese pedazo de trufa sobre un maravilloso risotto y aún fue más maravilloso disfrutar de ese sabor y ese olor, sobre todo de ese olor, tan especial. Durante algún año perdió la estrella y luego la ha recuperado pero el trato del personal fue degenerando (no es que fuera incorrecto, pero bastante seco) y tampoco la cocina la vimos evolucionar mucho. Ahora preferimos ir a Las Torres que tiene una trayectoria más equilibrada.

Pero el gran recuerdo gastronómico de nuestra primera época lo protagoniza Carme Ruscalleda. Sólo, que yo recuerde, hemos ido a dos restaurantes estrellados que tengan como comandante jefe una mujer. El clausurado Toñi Vicente de Santiago y el San Pau de Ruscalleda. Corría el año 2002 y era una de nuestros primeros viajes juntos. La experiencia fue memorable por muchos motivos. El primero la localización de la mesa. El San Pau ocupa una casa con posibles, seguramente de principios de siglo y de alguna acaudalada familia barcelonesa que veraneara en la zona,  y tiene un gran ventanal que se abre al jardín al que sólo lo separa del mar la vía del tren y la playa. Nuestra mesa estaba en primera línea y teníamos delante ese relajado paisaje. Ruscalleda mima los detalles. Y eso, además de en su comida, se nota en cosas como la carta donde se te explica el menú, o la minicarta con dibujos de ella misma con el minimenú (compuesto de entrante, pescado, carne y dulce) que es el entrante de la degustación. También son de ella los dibujos de la degustación de quesos con sus contrastes. Otra novedad para nosotros, los contrastes, la relación que hay entre productos que nunca asociarías (o por entonces nunca asociábamos) entre si. La comida fue maravillosa, por supuesto, pero lo memorable fue la consumición alcohólica, que recordada ahora, sonroja. Para comenzar un buen dry martini en unas copas que más que de cóctel parecían copones para oficiar misas negras. Con la comida un III Lustros de Gramona (la historia sobre mi equivocación con el nombre ese cava da para otra entrada). Como hicimos corto, pedimos una media botella de rioja. Por supuesto con los postres un vino dulce y al final, con el café, un destilado que sería coñac o whisky, ya no recuerdo. Salimos de allí bastante perjudicados pero felices. Ese fue el comienzo de una larga relación entre los grandes estrellados, los licores y los Pumbytos.

martes, 25 de noviembre de 2014

Momentos con estrella I

Ayer escribía una lista con los restaurantes con estrella Michelín que conozco, conocemos, la Nena Payasa y yo. Quizá pudo quedar un poco frío, una relación de trofeos que se consiguen simplemente para fardar luego de ellos en una exposición pública, cual montería berlanguiana o pepera. Y no es nada de eso.

Detrás de esa lista hay, como dije, una afición a conocer la manera de expresarse de unos profesionales que han hecho mucho por la evolución de la cocina en España. Cocineros con un gran equipo detrás y muchas horas de trabajo e investigación. Y todo ese trabajo se ha traducido, en nuestro caso, en grandes momentos. Momentos que forman parte de nuestra vida en pareja, de los recuerdos que van conformando una trayectoria en común. Me propongo relatar algunos de ellos, y señalar, de paso, mis favoritos en esa lista que detallaba ayer.

Arzak fue el primer gran restaurante que conocí, en este caso con unos amigos, mucho antes de conocer a Jesús. Tenía un amigo en Hernani que hacía triple salto y cuando consiguió alcanzar los 15m nos invitó a otro amigo y a mi a comer al restaurante donostiarra. No recuerdo mucho de aquella comida pero se me quedó grabado algo que siempre me ha hecho distinguir un gran restaurante de uno mediocre: la naturalidad del servicio. En casi ninguno de los grandes restaurantes de la lista un paletillo bilbilitano como yo se ha sentido  fuera de lugar. Siempre, o casi siempre (ahora diré la excepción), he estado muy cómodo, sin sensación de agobio, ni con servilismos ni mirándote por encima del hombro. Simplemente actuando de manera correcta y natural, poniéndotelo todo fácil. La excepción fue en el Abac de Barcelona, no con Cruz de chef sino con Pellicer. Era verano, al mediodía, y Jesús iba con bermudas, Manuel y yo con pantalón largo. Nos sientan en la mesa reservada y cuando nos traen la carta nos dicen que no suelen dejar estar en la sala con pantalón corto pero que harán una excepción. Nos sentó fatal, porque o bien nos lo dicen al reservar, o al entrar en el restaurante, no cuando estamos ya sentados. Podíamos habernos levantado pero pasamos y comimos bien, pero demasiado caro para lo que ofrecían. En Can Fabes me pasó lo mismo pero me lo dijeron antes de entrar y sin perdonarnos la vida, con corrección, e incluso me ofrecieron un pantalón largo, a lo que yo muy digno respondí: "No he venido de Zaragoza a San Celoni para ponerme el pantalón de otro". Me fui al hotel, me cambié, y tan ricamente.

Esos han sido los únicos momentos discordantes en una historia gastronómica repleta de momentos con estrella. Aunque el restaurante donde empezó mi afición por la experiencia gastronómica nunca tuvo una estrella pero siempre se la mereció: La Oca, en Vigo. Allí aprendí lo que es un buen servicio, un ambiente acogedor, una cocina tratada con mimo, un buen vino, un buen oporto, el cariño servido en platos. Ya cerró porque Juan y Toya  se jubilaron, pero si sé algo de cocina y de restaurantes se lo debo a ellos.

Prefiero no hacer entradas muy largas para que no se aburra el posible lector. En la segunda parte os contaré mis momentos estrellados ya con la compañía da Nena.


lunes, 24 de noviembre de 2014

Estrellas Michelín

Estos días se ha publicado la nueva lista de restaurantes de España y Portugal puntuados por la Guía Michelín. Muchos han sido los comentarios sobre el tema: se hablado de la racanería en comparación con otros países (tema recurrente todo los años), la disparidad de criterios, la injusticia con algunos nombres reconocidos de la gastronomía, el encumbramiento de otros... lo dicho, lo de siempre. 
Mucha razón tenía ayer J.C. Capel en su blog al decir que se criticará, y él el primero, todo lo que se quiera pero la repercusión de esta lista es espectacular y así hay que admitirlo. Y es que hay pocas listas fiables a la hora de buscar nuevas experiencias gastronómicas. Es verdad que ya hay muchos blogs que ayudan al viajero a encontrar un buen restaurante, pero se basan en criterios muy personales y, aunque también son muy personales los criterios de los inspectores de la Michelín, ésta me sigue pareciendo la menos mala. Y me experiencia a lo largo de los años me lo ha confirmado. De los grandes (dos y tres estrellas) ninguno me ha decepcionado, excepto Arzak, y éste más por su servicio y su local que por su comida. 
La cosa cambia en los de una. Y es que hay desde el excelente que debería tener mínimo dos (Coque, Solla, Zuberoa, Ricard Camarena), pasando por los buenos restaurantes que la estrella los destaca (Choco, una sorpresa estupenda en un polígono de vivienda cordobés, Saüc, Mina o Culler de Pau) y llegando a los que, bueno, tienen una estrella como podrían no tenerla (sobre todo en comparación del resto-ejemplos La Prensa, Tickets (por el modelo de restaurante) o Cinc Sentits, incluso a veces Lillas Pastia-). Un abanico demasiado diverso como para tener todos la misma puntuación. 
Seguiré confiando en la Michelín y guiándome con las referencias de Capel, que va bastante por delante de la guía, con la revista online 7 caníbales y, muy de vez en cuando -porque el autor no me cae nada bien ni me gusta sus maneras-, con Observación Gastronómica 2.
Y como este es mi blog y pongo lo que me viene en gana (:-) ) pues aquí está una lista de esas que son un ejemplo de vanidad absoluta, o eso le parecerá a algunos. Y no lo niego, pero también hay mucho de diversión compartida con A Nena Paiasa, de disfrute de una afición por esa parte de la Cultura que es la Gastronomía, algo que como la ópera o los libros, llenan mi vida.

Mi listado de visitas a restaurantes estrellados

(entre paréntesis las veces que he estado)

Tres estrellas 
  • Diverxo. David Muñoz (Madrid) (1)
  • El Celler de Can Roca. Joan Roca (Girona) (4)
  • Arzak. Juan Mari Arzak (Guipúzcoa) (2)
  • Akelarre. Pedro Subijana (Guipúzcoa) (2)
  • Martín Berasategui (Guipúzcoa) (3)
  • Sant Pau. Carme Ruscalleda (Barcelona) (2)
  • Azurmendi. Eneko Atxa (Larrabetzu, Vizcaya) (2 con la de este próximo fin de semana)
  • Quique Dacosta. (Dénia, Alicante) (2)
Dos estrellas 
  • Aponiente. Ángel León (Cádiz) (2)
  • El Portal. Francis Paniego (La Rioja) (3)
  • Santceloni. Óscar Velasco (Madrid) (1)
  • Abac. Jordi Cruz (Barcelona) (1)
  • Miramar. Paco Pérez (Girona) (1)
  • Mugaritz. Andoni Luis Aduriz (Guipuzcoa) (2)
  • Atrio. Toño Pérez (Cáceres) (1)
  • La Terraza del Casino. Paco Roncero (Madrid) (1)
  • El Club Allard. María Marte (Madrid) (1)
  • Sergi Arola Gastro. Sergi Arola (Madrid) (1)
  • Calima. Dani García (Marbella) (1)
Una estrella 
  • Tickets (Barcelona) (1)
  • La Casa del Carmen (Toledo) (1)
  • Hospedería El Batán (Tramacastilla, Teruel) (1)
  • Aizian (Bilbao, Vizcaya) (3)
  • Nerua (Bilbao,Vizcaya) (4)
  • Choco (Córdoba) (1)
  • Lillas Pastia (Huesca) (6)
  • Silabario (Tui, Pontevedra) (1)
  • Coque (Humanes, Madrid) (2)
  • Cinc Sentits (Barcelona) (1)
  • Dos Cielos (Barcelona) (1)
  • Gaig (Barcelona) (1)
  • Saüc (Barcelona) (3)
  • Etxanobe (Bilbao) (1)
  • Zortziko (Bilbao) (4)
  • Andra Mari (Galdácano, Vizcaya) (2)
  • Zuberoa (Oyarzun, Guipúzcoa) (1)
  • Yayo Daporta (Cambados, Pontevedra) (1)
  • Las Torres (Huesca) (3)
  • Solla (Poio, Pontevedra) (6)
  • Pepe Vieira (Raxo, Pontevedra) (1)
  • Maruja Limón (Vigo) (2)
  • Víctor Gutiérrez (Salamanca)(1)
  • Abantal (Sevilla) (2)
  • Rodero (Pamplona) (1)
  • Mina (Bilbao, Vizcaya) (3)
  • Culler de Pau (Pontevedra) (1)
  • Ricard Camarena (València) (2)
  • La Prensa (Zaragoza) (3)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Dmitri Shostakovich


Pocas figuras musicales del S. XX han sido tan controvertidas como la de Dmitri Shostakovich. No tanto como compositor, como por su vida y por sus relaciones con el poder soviético bajo cuyo régimen vivió la mayor parte de su existencia. El violonchelista mejicano Carlos Prieto, que conoció personalmente al músico y a su familia y, escribe este libro, sobre todo, para reivindicar al hombre que hay detrás del compositor. Para explicar, dentro de lo posible, las reacciones y actitudes de Shostakovich, a la vez que repasa sus obras más importantes como parte fundamental de su biografía, recalcando la importancia capital que tienen en sus composiciones sus peripecias personales.

Ya en el prólogo el escritor Jorge Volpi hace referencia a la complicada personalidad de Shostakovich. Algo que Prieto después, en su texto intenta, más que descifrar, comprender y, en los puntos más conflictivos, justificar. Para ello utiliza los testimonios de muchos compañeros y amigos del compositor (la labor de documentación es encomiable y la bibliografía bastante completa) lo que nos ayuda a contextualizar con más exactitud  toda su situación vital y económica, que tanto influyó en su amplio corpus compositivo.  Es indudable la calidad y el genio de Shostakovich y, aunque se repasa someramente la obra para cine y las composiciones patrióticas impuestas, Prieto se centra en las obras que han hecho del compositor de San Petersburgo  (casi toda la vida para él, Leningrado) una pieza fundamental en la historia de la Música. Unas obras creadas en unas circunstancias personales nada fáciles y que mediatizaron toda su producción. El terror que implantó Stalin en los años de su mandato influye poderosamente en sus composiciones, siempre a caballo entre la rebeldía y la sumisión. Apartadas de los atriles muchas de sus obras durante este periodo, en el que es criticado y ninguneado por los medios oficiales y por los órganos del Partido Comunista, se ve obligado a crear música “oficial”. Pero él siempre siguió componiendo obras que se salían del camino marcado desde arriba.  Shostakovich vivió siempre con miedo. Miedo a ser deportado o condenado como muchos de los intelectuales de la época. Prieto, con mucho acierto, compara su sufrimiento con  el del físico Victor Shtrum,  uno de los protagonistas de la novela “Vida y destino” de Vasili Gosman, el físico que vive aterrado por una llamada de Stalin que puede trastocar para siempre su vida.  La situación del compositor cambió a la muerte del dictador pero aunque llegaron reconocimientos y premios y se sacaron del cajón composiciones que no se habían podido estrenar en época estalinista  siempre estuvo presente en la vida de Shostakovich ese temor a represalias o caer en desgracia, y nunca se reveló abiertamente contra el poder. Hubo intelectuales y artistas que lo entendieron, como Rostropovich, pero otros, Stravinski entre ellos,  le reprocharon estar siempre al lado del Partido. Quizá comprendamos mejor toda su situación si citamos, como hace Prieto, las palabras de la gran soprano Galina Vishnévskaia, que lo conocí tan bien como su marido, Rostropovich: “Nos convocó a protestar en contra del aplastamiento del individuo. Nos convocó con el mayor frenesí, mayor pasión que cualquier otro compositor de nuestro tiempo. Pero para lograr su objetivo, debía dejar a un lado lo superfluo –aquello que interfería con su creatividad-. Para comprar tiempo y poder componer en paz, echaba un hueso de cuando en cuando a la jauría que lo hostigaba y accedía a poner su firma en cartas y artículos. Accedía a pronunciar discursos en reuniones y asambleas que no tenían para él la menor importancia y, habiendo comprado tiempo, volvía con toda prisa a su escritorio a seguir componiendo…”.

Pero Prieto no olvida, como buen músico y como ya dijimos, analizar las principales obras del compositor desde el punto de vista estrictamente musical, y va ensartando estos comentarios entre la biografía de Shostakovich. También repasa detalles como las dedicatorias, la orquesta o solista que estrenó la obra o como fue recibida por el público o la censura. Aspectos todos que proporcionan al lector una visión muy completa y casi musicológica en una obra que tiene, ante todo, una intención divulgativa. También se puede descargar desde la página web de la editorial dos obras para violonchelo del compositor interpretadas por Prieto: Sonata en re menor para violonchelo y piano, op. 40 y Concierto nº1 en mi bemol para violonchelo y orquesta.


  Es, pues, un interesante retrato de este gran músico del S.XX, uno de los más grandes, que nos dejó un legado muy amplio y que sigue llenando con sus obras las salas de conciertos y los teatros de ópera.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La flor azul y el lied

No sé como me llegó la referencia o la buena crítica sobre "La flor azul" de la inglesa, ya fallecida, Penelope Fitzgerald. Pero pasó a formar parte de una de mis innumerables, y una de las más largas, listas: la de libros pendientes de leer. En libro electrónico no estaba y engrosó otra de las listas: libros pendientes de comprar en papel. Pero se me ocurrió aligerar esa lista de espera buscando en una fuente que tenía abandonada: la red de bibliotecas de Aragón. Y, efectivamente, allí estaba la flor, durmiendo un fresco sueño en la biblioteca de Teruel. No era la edición que tenía referenciada (ed. Impedimenta) si no una más antigua de Mondadori. Se pidió y llegó y.... venció. Venció totalmente, sin un resquicio para la duda.

"La flor azul" es como un ciclo de lieder. Desde el primer momento de su lectura esa imagen se apoderó de mi. Por varias razones. En primer lugar por su formato: capítulos cortos, no diré que cerrados en sí mismos pero sí con entidad propia y unidos, claro está, por los hilos conductores de la novela que no son otros que los típicos del lied romántico: el amor, la naturaleza, la juventud, la pasión, la tragedia... temas que vemos una y otra vez leyendo los poemas que musican nuestros compositores favoritos. También la relaciona con el lied su protagonista, el poeta y pensador Fiedrich von Hardenberg, más tarde y para la posteridad conocido como Novalis. Algunos de sus "himnos de la noche" serán musicados por Schubert, el rey del lied (este título es indiscutible, porque lo digo yo). También el título es lied puro: la flor azul, inalcanzable y adorada, es el símbolo romántico del amor y la belleza perfecta. Y en fin, toda la novela es un certero retrato de esa Alemania que se enfrenta, a finales del S. XVIII, a las consecuencias de la Revolución Francesa, ese tsunami que arrasó la caduca Europa del Antiguo Régimen. 


Fitzgerald crea una atmósfera que hace pensar que si no será una reencarnación de alguno de los personajes novelados, por lo bien que describe los ambientes, por su fino humor, por su extrema sensibilidad en plantearnos la historia de amor que sustenta la novela. 


Un flechazo total y absoluto, como el que siento por el lied.

martes, 4 de noviembre de 2014

Colecciones y sueños

Siempre me ha interesado el coleccionismo de arte privado. Los grandes museos se formaron con las colecciones privadas de los reyes europeos que luego pasaron a ser de dominio público. Todo museo surge, casi siempre, de una pasión personal. También hay grandes familias nobles que conservan grandes colecciones heredadas de sus antepasados. Pero me refiero aquí a ese grupo de personas, de magnates si se quiere, que a finales del s. XIX comenzó a reunir en sus mansiones obras de arte. Muchas veces por placer, otras, seguramente, por ostentanción y como signo de poder, pero pienso que los menos. Para crear una colección de arte te tiene que gustar el arte. Los libros que he podido leer sobre el tema coinciden que siempre hay una pasión detrás de cada colección. Está claro que luego, en el caso de las grandes colecciones (la Thyssen, por ejemplo) ya se mezclan las pasiones de varias generaciones. En el caso de la Frick de N. York es la pasión de una sola persona, el rey del acero de principios de siglo. La colección "pequeña" más maravillosa que he visto. El arte da prestigio y pátina culta que no te viene por herencia o apellido y por eso los grandes coleccionistas suelen ser americanos. Pero también hay europeos y algún español.

Es el caso de la colección Abelló que ahora se expone en el CentroCentro de Madrid y que he visitado hace pocos días. Me ha gustado. Ni es la Thyssen  ni la Frick. Tampoco Juan Abelló, aunque esté en la lista Forbes de los millonarios españoles, tiene, o eso creo, la misma fortuna. Pero admiro tres cosas en él (y su mujer que también debe tener mucho que ver en la elección de obras): el tipo de obras adquiridas (luego lo explicaré), el crear una colección sin que el Estado apoye este tipo de actividad con una ley de mecenazgo y el deseo de compartir con el público. Porque estoy seguro que otros adinerados patrios tienen buenos cuadros en sus casas o palacios y ahí se quedan. No creo que los Abelló lo hagan por ostentación o por reconocimiento. Sí, seguramente, con una intención de pasar a la Historia, o por lo menos, a la mini Historia del coleccionismo español junto a Lázaro Galdiano, Cerralbo, los Maseveu,  y poco más. Y esto me gusta. A ver si de aquí surge un museo en el futuro.

Y me gusta la colección, además de por buenas obras de artistas consagrados (y con una horquilla temporal muy amplia), por la selección de dibujos y cuadros de naturalezas muertas y flores. El dibujo creo que es un arte poco apreciado y hay dibujos espléndidos, comparables a un buen óleo. Siempre me ha parecido mágico que, con varios trazos, pocos,se pueda crear una figura, una sombra, un pliegue. La colección tiene muy buenos exponentes del arte de dibujar. Y unos excelentes bodegones, esa temática que está un poco olvidada pero que cuando es de calidad es de una belleza asombrosa, por lo menos para mi. Como los cuadros florales, también obras poco apreciadas pero que a mi siempre me han transmitido tranquilidad y sosiego. 

En resumen una colección para ver y apreciar. Ah, y los sueños del título. He soñado esta noche (y de ahí viene la entrada) que estaba viendo la exposición pero no era la de Juan Abelló, si no la de un tal Arturo Fernández. Y el día que yo la visitaba había una concentración, patrocinada por la organización, donde se había invitado a varios Arturos Fernández del mundo para pasearlos por las salas y darles un trato vip. Y allí, junto a Arturos corrientes y molientes, estaba el actor, todo vestido de blanco (que exagerado va este carcamal pepero he pensado yo, pero que alto, mucho más que en la tele) y el Arturo empresario, ese que glorifica todo lo que hace. Yo los miraba con envidia, lo confieso. Yo también quería ser Arturo Fernández, y Elvira Daponte, que andaba por allí, en un momento me ha pasado uno de esos papeles con recado que nos dábamos en clase del instituto antes que existiera el whasap. En él estaba dibujado un Romerales de los de Forges disfrazado de monja que en mi sueño, y por el guiño de Elvira tenía que ser así, era el disfraz perfecto para pasar por ser un Arturo Fernández y poder así yo recibir también el trato vip. Las urgencias de la edad me han hecho buscar los aseos de la sala de exposiciones y, una vez despierto, menos mal, el mio pesonal. Fin de la historia.