Ayer escribía una lista con los restaurantes con estrella Michelín que conozco, conocemos, la Nena Payasa y yo. Quizá pudo quedar un poco frío, una relación de trofeos que se consiguen simplemente para fardar luego de ellos en una exposición pública, cual montería berlanguiana o pepera. Y no es nada de eso.
Detrás de esa lista hay, como dije, una afición a conocer la manera de expresarse de unos profesionales que han hecho mucho por la evolución de la cocina en España. Cocineros con un gran equipo detrás y muchas horas de trabajo e investigación. Y todo ese trabajo se ha traducido, en nuestro caso, en grandes momentos. Momentos que forman parte de nuestra vida en pareja, de los recuerdos que van conformando una trayectoria en común. Me propongo relatar algunos de ellos, y señalar, de paso, mis favoritos en esa lista que detallaba ayer.
Arzak fue el primer gran restaurante que conocí, en este caso con unos amigos, mucho antes de conocer a Jesús. Tenía un amigo en Hernani que hacía triple salto y cuando consiguió alcanzar los 15m nos invitó a otro amigo y a mi a comer al restaurante donostiarra. No recuerdo mucho de aquella comida pero se me quedó grabado algo que siempre me ha hecho distinguir un gran restaurante de uno mediocre: la naturalidad del servicio. En casi ninguno de los grandes restaurantes de la lista un paletillo bilbilitano como yo se ha sentido fuera de lugar. Siempre, o casi siempre (ahora diré la excepción), he estado muy cómodo, sin sensación de agobio, ni con servilismos ni mirándote por encima del hombro. Simplemente actuando de manera correcta y natural, poniéndotelo todo fácil. La excepción fue en el Abac de Barcelona, no con Cruz de chef sino con Pellicer. Era verano, al mediodía, y Jesús iba con bermudas, Manuel y yo con pantalón largo. Nos sientan en la mesa reservada y cuando nos traen la carta nos dicen que no suelen dejar estar en la sala con pantalón corto pero que harán una excepción. Nos sentó fatal, porque o bien nos lo dicen al reservar, o al entrar en el restaurante, no cuando estamos ya sentados. Podíamos habernos levantado pero pasamos y comimos bien, pero demasiado caro para lo que ofrecían. En Can Fabes me pasó lo mismo pero me lo dijeron antes de entrar y sin perdonarnos la vida, con corrección, e incluso me ofrecieron un pantalón largo, a lo que yo muy digno respondí: "No he venido de Zaragoza a San Celoni para ponerme el pantalón de otro". Me fui al hotel, me cambié, y tan ricamente.
Esos han sido los únicos momentos discordantes en una historia gastronómica repleta de momentos con estrella. Aunque el restaurante donde empezó mi afición por la experiencia gastronómica nunca tuvo una estrella pero siempre se la mereció: La Oca, en Vigo. Allí aprendí lo que es un buen servicio, un ambiente acogedor, una cocina tratada con mimo, un buen vino, un buen oporto, el cariño servido en platos. Ya cerró porque Juan y Toya se jubilaron, pero si sé algo de cocina y de restaurantes se lo debo a ellos.
Prefiero no hacer entradas muy largas para que no se aburra el posible lector. En la segunda parte os contaré mis momentos estrellados ya con la compañía da Nena.
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