miércoles, 26 de noviembre de 2014

Momentos con estrella II

Los primeros momentos especiales compartidos por el que suscribe y su marido en un restaurante tienen tres hitos. Dos de ellos tienen como escenario Santiago y Huesca y el tercero, y más espectacular, San Pol de Mar. 

Siempre nos ha gustado ir a Santiago simplemente por callejear, ver una exposición, comer... Cuando yo vivía en Vigo y Jesús venía nos solíamos acercar un día a disfrutar de la ciudad. Allí estaba estudiando un amigo que un día, al ir hacia su casa por la calle Huertas nos indicó un restaurante nuevo que tenía muy buenas críticas (el trabajaba entonces en la edición gallega de El Mundo como crítico de clásica y tenía buena información). El pero que le ponía la gente era que tenía un menú cerrado, que variaba diariamente, aunque se había eliminado la carta. Decidimos entrar y preguntar si había sitio para comer (o cenar, ya no recuerdo) y nos quedamos para probarlo. Fue nuestro primer contacto con Casa Marcelo. Marcelo Tejedor, dejando de lado un genio y unas maneras con su personal (y en su vida privada) que eran más que cuestionables, era, es, porque sigue trabajando en la hostelería pero con otro modelo de local, un cocinero excepcional. Eso si que era amor al producto, Km. 0 y mimo con la tradición. Excepcionales sus mariscos poco conocidos, sus pescados, su carne de vaca galega y su milhojas impagable. Siempre nos trato estupendamente y siempre intentábamos ir por lo menos una vez o dos al año hasta que cerró.

Huesca es la capital gastronómica de Aragón. Una ciudad de 30.000 habitantes tiene, a día de hoy, tres restaurantes con estrella, mientras que la capital, con más de 700.000 tiene uno y gracias. Lilas Pastia fue (y digo fue porque la última vez no nos gustó mucho como nos trataron y ya no hemos vuelto) nuestra referencia gastronómica en Aragón (junto a La Granada, de los mismos dueños, que está en Zgz pero no es estrellado). Allí fue nuestro primer contacto con la trufa, a la que Carmelo Bosque, el chef, tiene verdadera veneración. Recuerdo un año que en una subasta del preciado tubérculo había comprado una por 4.500€  ( la más cara del mundo decía el Periódico de Aragón en el enlace que he consultado del año 2005). Fue una maravilla ver como caían unas lascas de ese pedazo de trufa sobre un maravilloso risotto y aún fue más maravilloso disfrutar de ese sabor y ese olor, sobre todo de ese olor, tan especial. Durante algún año perdió la estrella y luego la ha recuperado pero el trato del personal fue degenerando (no es que fuera incorrecto, pero bastante seco) y tampoco la cocina la vimos evolucionar mucho. Ahora preferimos ir a Las Torres que tiene una trayectoria más equilibrada.

Pero el gran recuerdo gastronómico de nuestra primera época lo protagoniza Carme Ruscalleda. Sólo, que yo recuerde, hemos ido a dos restaurantes estrellados que tengan como comandante jefe una mujer. El clausurado Toñi Vicente de Santiago y el San Pau de Ruscalleda. Corría el año 2002 y era una de nuestros primeros viajes juntos. La experiencia fue memorable por muchos motivos. El primero la localización de la mesa. El San Pau ocupa una casa con posibles, seguramente de principios de siglo y de alguna acaudalada familia barcelonesa que veraneara en la zona,  y tiene un gran ventanal que se abre al jardín al que sólo lo separa del mar la vía del tren y la playa. Nuestra mesa estaba en primera línea y teníamos delante ese relajado paisaje. Ruscalleda mima los detalles. Y eso, además de en su comida, se nota en cosas como la carta donde se te explica el menú, o la minicarta con dibujos de ella misma con el minimenú (compuesto de entrante, pescado, carne y dulce) que es el entrante de la degustación. También son de ella los dibujos de la degustación de quesos con sus contrastes. Otra novedad para nosotros, los contrastes, la relación que hay entre productos que nunca asociarías (o por entonces nunca asociábamos) entre si. La comida fue maravillosa, por supuesto, pero lo memorable fue la consumición alcohólica, que recordada ahora, sonroja. Para comenzar un buen dry martini en unas copas que más que de cóctel parecían copones para oficiar misas negras. Con la comida un III Lustros de Gramona (la historia sobre mi equivocación con el nombre ese cava da para otra entrada). Como hicimos corto, pedimos una media botella de rioja. Por supuesto con los postres un vino dulce y al final, con el café, un destilado que sería coñac o whisky, ya no recuerdo. Salimos de allí bastante perjudicados pero felices. Ese fue el comienzo de una larga relación entre los grandes estrellados, los licores y los Pumbytos.

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