A mi la palabra gurú siempre me ha dado miedo. Aunque se supone que es un guía, un maestro, a mi me parece más un hechicero, el chamán del poblado que si no sigues sus imperiosos consejos te amenaza con los más terribles males. Sobre todo son los expertos en Economía los gurús más temibles porque sus predicciones siempre van dirigidos a joderte, sin que haya palabra más suave para definir sus intenciones.
Afortunadamente hay gurús menos peligrosos. Los que me gustan a mi más que lanzar sentencias (aunque a veces caen en ello también) lo que hacen es expurgar entre la inmensa oferta de los mundos en los que trabajan. Dos de los mundos que más me interesan: los libros y la gastronomía.
A Manuel Rodríguez Rivero lo sigo desde hace muchos años. Lo conocí en el excelente suplemento cultural del ABC. Era curioso, cuando se compraban periódicos -bueno, cuando los compraba yo- llegar el sábado al kiosko y pedir El País y el ABC (y sí, confieso, muchas veces también el Hola). Debían creer que contrastaba opiniones (eran tiempos en que se notaban, os lo aseguro). Pero el ABC quedaba perdido en cualquier rincón y sólo sobrevivía el suplemento de libros. Allí Rodríguez Rivero, con un lenguaje cercano, gran sentido del humor y mucho sentido común, nos comentaba los libros que le llegaban a su famoso "sillón orejero" y nos orientaba en el maremagnum que suponen las novedades editoriales. ¿Y porque lo seguía, o porque es mi gurú literario? Pues porque leí alguna de sus recomendaciones y me gustaron, me fié de su criterio, algo básico para seguir a cualquier gurú. Ahora es en Babelia (suplemento que siempre fue inferior en todo a otros de la competencia) donde escribe y aunque a veces se obsesione con cuestiones profesionales (temas de libreros, editoriales y isbns) suele ser muy acertado en sus comentarios. Una persona de la que me fío.
El otro gurú del que voy a hablar aquí es José Carlos Capel, crítico gastronómico de El País. También hace mucho tiempo que le sigo, y por los mismos motivos que a Rodríguez Rivero, me fío de su criterio. He descubierto con él a los grandes de la cocina cuando no eran tan mediáticos como ahora y sus comentarios me han ayudado a crear mi gran afición por este mundo. También tiene sus obsesiones: la tortilla de patata, las bravas, la ensaladilla rusa. Y se lanza a buscar la más suculenta o eso le parece a él. Y se pone un poco pesadiño con eso. Pero otras veces te descubre maravillas como las patatas fritas de bolsa (San Nicasio, una locura) o unos molletes de Antequera excepcionales. Y sigo descubriendo con él restaurantes no tan conocidos (el gran Ricardo Camarena en Valencia, el esplendoroso Choco en Córdoba, o el Coque en Humanes) y que me llevan a eso que algunos llaman la felicidad.
Gracias gurús.
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