Hacía mucho que no ponía una entrada en este blog. Pereza, desidia, poco que contar, no sé. Pero hoy sí que tenía, que necesitaba explicarme. Pasan los años, ves más o menos funciones pero , de pronto, llega un título, una puesta en escena, que te trastoca, que te impacta, que te ata a la butaca y te escupe una música, un texto, una imagen que a nadie puede dejar indiferente.
Soy admirador confeso de la ópera del s. XX pero nunca me he llevado bien con las propuestas más arriesgadas de ese siglo aún reconociendo su fundamental aportación a la historia del género. Wozzeck siempre me atrajo pero hasta que no vi Lulú en directo no entré en ese mundo en descomposición que refleja tan bien cierta sociedad europea de entreguerras. Aunque, pensándolo bien, estas obras de Berg son atemporales, por ello su versatilidad para ser adaptadas. Me faltaba esa obra cumbre del dodecafonismo que es Moses und Aron del, para mi, siempre escurridizo Schoenberg. Porque, no sé, siempre me ha caído mal, sin ninguna razón. Me lo he imaginado negro, oscuro, cuervo, rencoroso, malhumorado, negativo. Sí que había escuchado la ópera pero de refilón, sin entrar, sin penetrar ni que me afectara, con miedo. Cuando amablemente Alejandro me ofreció una entrada para la representación de la obra me entró un poco de pánico. Últimamente me veo más como Brahms (eso sí, me lavo más que él) y parece que me mezo continuamente en los compases románticos. Sólo alguna escapada a Britten, Janacek, o Strauss (me mezo otra vez en el romanticismo postmoderno con él). ¿Cómo reaccionaría ante la obra más señera de Schoemberg? ¿Me repelería la música? ¿Entendería el famoso “concept”? ¿Me sentiría extraño ante un tema que no me llama y un estilo que casi nunca transito? Bueno, aunque estuve a punto de cancelar todo (la huelga de trenes me daba una banal excusa), me dije que la tenía que ver, que en mi “la tengo más larga que…” no podía faltar un Moses.
No sé, no tengo palabras, un relato lógico y cabal de lo que vi y sentí. Es como si mi recuerdo de la representación de ayer también fuera dodecafónico, lleno de impresiones, de sentimientos inconexos, de imágenes y sonidos siempre impactantes pero indefinibles. Pero si que tengo una sensación que engloba a toda la función: fuerza. Fuerza como choque, como impacto, como sopetón de esos que te dejan sentado sin saber cómo reaccionar. Fuerza en la lucha sin cuartel entre un pueblo y su Dios, siempre a la gresca, siempre chantajeándose el uno al otro. Fuerza de la unión entre Moises y Aarón, para mi éste el alma de la obra, el más humano, el más cercano a mí, de entre ese egoísta y eternamente actual pueblo sin tierra, ejemplo palmario de lo que es la masa. Fuerza, decía, en la unión entre los dos hermanos, centrípeta en unos momentos, centrífuga en casi todos. Porque Moisés, que tampoco es que comprenda mucho a su Dios pero que tiene la tozudez del elegido, no sabe entender a su hermano, el eslabón entre los humanos y lo divino. Y en ese conflicto sin resolver nos deja la inacabada ópera aunque ¿por qué no terminar así, sin solución, sin saber a dónde ir?
Y los cantantes. Supremos en el esfuerzo, admirables en su trabajo, con un coro en estado de gracia, todos apoyados por una dirección de esas que dejan huella, que se recordará en los corrillos de la la Residencia “el Walhalla de Tres Cantos”. Y con una orquesta que se ha reconciliado con muchos de sus detractores.
Lo más difícil es plasmar es lo que me transmitió la puesta en escena. Simplemente diré que siempre fue inquietante, unida al texto con precisión, plasmando en imágenes la música y el mensaje de la obra. Impecable movimiento escénico, profundo y bello trabajo de actores, impactante escenografía en su aparente sencillez. Bicolor, blanco o negro, como el mundo que refleja Schoenberg, duro, tremendo, inolvidable.
No sé qué más decir. La Ópera me sigue dando motivos para que ame este mundo que se muestra tan poco atractivo muchas veces.